"En París nunca se puede saber cuándo un día que amanece hermoso seguirá siéndolo. Antes de caer la tarde todo ha adquirido el tono del cielo, ahora gris. Bajo este tono, el domingo se hace inconfundible, igual a todos los domingos de todas las ciudades del mundo, porque en este día las cosas presentes se parecen tanto a los recuerdos de ellas mismas, que se hace difícil saber donde acaban unas y dónde comienzan los otros...".

 

(Maria de Villarino)

 

Hace ahora -de esto- justo setenta años. Nada. Una vida. Los hombres del occidente, hoy, seguimos recordando, y confundiéndolos con la realidad, los recuerdos de los domingos. Una vida. Nada.